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lunes, 31 de marzo de 2008

EL PERPLEJO MAGISTRADO


Estos días, por una desgracia acaecida, la justicia se ha convertido en uno de los temas estrellas de nuestras conversaciones, escritos, artículos etc. Nada sirve para restituir la vida a quién la ha perdido , ni la plenitud a una familia destrozada. Toda persona de buen corazón ha recibido un duro golpe al enterarse de la noticia y de las circunstancias que rodean al hecho.

Aun recuerdo aquellas famosas palabras de un político andaluz, refiriéndose a la justicia, pero no las menciono por el respeto que me produce la familia dolida.
Un estado sin una justicia eficaz, no puede garantizar la seguridad, y por ende, tampoco la libertad. Para que la justicia sea eficaz, amén de otros requisitos es condición sine qua non que funcione con rapidez. La agilidad a la hora de instruir, juzgar, sentenciar y ejecutar es premisa indispensable para que la justicia sea tal. No sólo en el terreno de lo penal, también en lo civil y administrativo.
Las causas de un posible mal funcionamiento y los medios o reformas a realizar , son objetos de un estudio cuidadoso y profundo que no procede aquí.

Para abstraernos de nuestra realidad y pensar en la justicia de una forma más objetiva y global, traigo a colación UNA ANÉCDOTA de 1810- cambiamos de época y de circunstancias-, publicada por H. von Kleist en el " Berliner Abendblätter"-cambiamos también de país- y que tituló " EL PERPLEJO MAGISTRADO". Nada comparable a lo relatado al principio de mi entrada, pues he querido ROMPER con esa lamentable circunstancia.

EL PERPLEJO MAGISTRADO. UNA ANÉCDOTA

Un soldado de Hamburgo abandonó no hace mucho tiempo el cuerpo de guardia sin permiso de su oficial. Conforme a una ley antiquísima, un delito de esa índole, de gran gravedad por las correrías de los nobles, en realidad estaba penado con la muerte. Pues bien, aunque no se ha anulado la ley de una manera expresa, no se ha hecho uso de ella desde hace muchos cientos de años, de modo que el que la infringe ya no es condenado a muerte, sino, por una costumbre que se ha establecido, a pagar una mera multa a las arcas de la ciudad. Pero el tipo mencionado, que no tenía ninguna gana de pagar la multa, declaró, para la conmoción del magistrado, que él, como realmente le correspondía según le ley, prefería morir. El magistrado, que suponía un malentendido, envió a un alguacil para que hablara con él y le explicara cuánto más ventajoso sería para él pagar unas monedas que ser fusilado. Pero el tipo insistió en que estaba cansado de la vida y que quería morir, así que, al magistrado, que no quería derramar sangre, no le quedó otro remedio que perdonar al pícaro la multa, y aun quedó contento cuando declaró que dadas las circunstancias quería seguir viviendo.