
Sevilla atesora noches hermosas. Ayer fue una de esas noches mágicas, de dulces aromas , de cuasi perfecta temperatura, de sublime luz en el más hermoso escenario, sus calles. Y anoche la mágia se completó con el arte, el saber, la música, la literatura, la filosofía.
Sin esperar lo que deseaba, me encontré recibiendo la leyenda antiquísima del Doktor Faust, ópera del ítalo-germano Busoni. Dos horas y media de duración para una historia siempre viva. La producción de la Staatsoper Unter den Linden de Berlín, estrenada en tierras germanas en 1999, representada en Nueva York y debutando por primera vez en España en el sevillano Teatro de la Maestranza.
Permanezco hoy ensimismada en la escena, en las palabras cantadas, en los espíritus mundanos y en la naturaleza del hombre que , abatido, desea la acción, otorgando su eternidad al diablo en busca de la felicidad absoluta. Un sueño tan repetido, un actuar constante.
Fausto es leyenda germana por antonomasia, recreada por Goethe con la genialidad de la universalidad, tiene otras versiones como la de Marlowe, o la cinematográfica- bellísima- de Murnau.
La ópera se basa más en la versión de Marlowe, incluyendo matices de la leyenda popular en sí.
Los protagonistas estuvieron a la altura de las circunstancias, sobresaliendo a mi entender Robert Brubaker, como Mefistófeles y el bajo Matthias Hoelle, como asistente de Fausto y después como Rector Magnífico. El difícil papel de Faust , recreado por C. Robertson, se ajustó a lo requerido.
Maravillosa fue la escenografía, el vestuario y la iluminación, recreando un submundo espiritual casi onírico, que recordaba a Metrópolis de Fritz Lang.
La portentosa voz de la soprano Mary Wills se empañó con una no correcta articulación del idioma alemán.
La música, en momentos excelsa, sólo con alguna excepción en la que devoraba a algún cantante. Y es que lo perfecto, como reconocía un Fausto ya casi acabado, no puede alcanzarlo el hombre.
Podemos soñar y casi tocar la belleza, pero la perfección es la gran quimera.
No quisiera terminar sin mencionar el por qué , según mi entendimiento, de la actitud de parte del público, que no anduvo a la altura de la obra:
Quejas por el idioma - " es que está en alemán "-; por la duración - muchos no duraron en sus asientos hasta el final-; por la traducción - el panel que índicaba el libreto en español tuvo dos fallos y apareció en alemán- ; por la música en los cambios de escena- se ponían a charlar-... En definitiva, que en alguna ocasión me abochorné de una sociedad sevillanísima que no supo, en algunos de sus elementos, estar a la altura de las circunstancias.
El motivo, es el desconocimiento de otra cultura, de la germana, de su idioma, y de una leyenda y obra que le vino grande a una parte de la ciudad. Me preguntaba qué pensaría alguno si "El Tenorio" se representase en polaco, por ejemplo. Ésto empañó mi gozo, para seguir constatando los contenidos filosóficos del Fausto.
Rompiendo moldes, el final fue carismático rayando lo cómico. Ya Fausto con su hijo muerto fuera de este mundo, aparece Mefistófeles y se dirige al público con una pregunta- respuesta hablada:
" Este hombre ha debido tener un accidente ".
Genial. Quedan dos representaciones, repetiría ambas. Y , por favor, absténganse los amigos de la ópera del " figureo ". Gracias.
